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Primera línea

Desde el 11 de marzo de 2020, cuando la Organización Mundial de la Salud constató como una pandemia a la COVID-19, los medios de comunicación no han hablado de otra cosa, pero dentro de tantas voces y opiniones, no siempre se les ha dado eco a las de quienes han estado en primera línea.

¿Quiénes son los profesionales que desde el primer día se han enfrentado a una avalancha de contagiados, alternando miedo, frustración, impotencia, cansancio físico y psíquico? Estas personas a quienes se les ha definido como héroes - titulo con el que mayoritariamente no están de acuerdo - afirman que ellos sólo han realizado su trabajo. 

por - Pau Coll

ALICIA MONTORO

Caporal del cuerpo de bomberos

“De entrada he sentido miedo, más que por mí, por las personas vulnerables de mi entorno. A la vez me he sentido fuerte, he sentido que quería ayudar, que quería estar allí. No quería estar en casa mientras esto estaba pasando, quería estar en primera línea”.

Las tareas habituales del cuerpo de bomberos han disminuido bastante durante la pandemia por el hecho de que la gente estaba confinada. Por eso, los servicios en los que más hemos actuado han sido el auxilio de personas que tenían síntomas, que habían estado en contacto con contagiados o que habían perdido a un familiar por covid. También nos hemos ocupado de la desinfección de residencias y del traslado de pacientes del hospital a diferentes hoteles que se habilitaron para los enfermos que ya no presentaban síntomas. Hasta que nos hemos adaptado a esta nueva situación todo ha sido muy incierto, había que tener claras las medidas de seguridad a tomar y todo era nuevo y desconocido. Otra de las tareas que hemos tenido que hacer en el parque ha sido reciclar los trajes de intervención, porque al inicio de la pandemia no sabíamos si alcanzarían y, como prevención, reciclábamos los nuestros. Al principio, mi turno se quedó confinado quince días por un positivo. Las guardias sin poder ir a trabajar y viendo en los informativos todo lo que estaba pasando fueron duras, por eso intenté darle la vuelta a la situación y aprovechar para prepararme al máximo de cara a la siguiente guardia. Dentro de lo negativo, creo que el gobierno que tenemos no nos está ayudando, no quieren que esta sea una sociedad sostenible, con un servicio sanitario eficaz. No veo un sistema político enfocado en ayudar a las personas, sino uno que quiere enriquecer a unos cuantos.

ORIOL SABATÉ

Enfermero del Hospital Universitario de Bellvitge

“Una de las peores cosas para mí fue la incertidumbre de estar frente una enfermedad relativamente nueva y de la que se sabía tan poco. Constantemente me preguntaba: ¿Cuál es el límite de todo esto?”

Al estallar la crisis de la covid-19, la programación quirúrgica se canceló por completo. Como consecuencia, se me reubicó a una unidad con pacientes de covid y se me cambió al turno de noche para reforzar el requerimiento asistencial tan alto que había. Personalmente, este cambio lo viví con mucha angustia porque la UCI es una unidad muy especializada, que requiere conocimientos específicos. Tener que adaptarme en cuestión de días a una nueva dinámica de trabajo fue muy duro: el perfil de paciente crítico de covid necesita tratamientos muy agresivos, y medidas de aislamiento severas. La tensión me causó un desgaste continuo, tanto físico como mental. Todo el sistema estuvo a punto de colapsar y hubo que incorporar personal de otros centros, estudiantes de cuarto curso del grado de enfermería y personal infectado por covid. Lo más positivo creo que ha sido que gran parte de la población ha reconocido el esfuerzo que han hecho los profesionales y se ha dado cuenta de la importancia de nuestro sistema sanitario. Velar por la salud es responsabilidad de todos, aprovechar una crisis económica para hacer recortes en salud no es excusa.

ALBA GALEGO FERREIRO

Medico Residente en Anestesiología y Reanimación en el Hospital Universitari Bellvitge

“Trabajamos sin importar si era de día o de noche, si hacía frío o calor, sin importar el día de la semana. La mitad del tiempo dedicados al paciente y la otra mitad colgados al teléfono informando a los familiares, que no podían venir a visitar a sus seres queridos y, en muchos casos, no se podían despedir. Fuimos nosotros los mensajeros, los acompañantes y el hombro sobre el que llorar, siempre desde el otro lado de la línea”.

Cuando todo esto comenzó, yo me encontraba trabajando en urgencias. Desde allí comenzamos a recibir información sobre un nuevo virus que había causado una epidemia en China y, como todos, le restamos importancia. Más tarde, llegaron noticias de numerosos infectados y muertes en Italia. ¿Cómo pudimos pensar que no nos iba a pasar a nosotros? Hasta que no tuvimos el bicho debajo de nuestras narices no se hizo obligatorio el uso de mascarillas, medida que acogimos con escepticismo, hasta que empezaron a llegar los pacientes. Todos a la vez, todo era coronavirus. Y el Institut Català de la Salut nos envió un comunicado en el que nos instaba a renunciar a nuestro derecho al descanso, a la conciliación familiar y a la salud laboral. Nos preguntábamos: “¿Cómo no lo vimos venir?”. Parecía que las medidas siempre llegaban tarde y el virus, que pasó a convertirse en un ente omnipresente, asfixiante y abrumador, se acumulaba en nuestras manos, en las superficies, en los pulmones de nuestros pacientes y de nuestros familiares. Debido a nuestra formación en pacientes críticos y ventilación mecánica, nos destinaron a unidades de UCI nuevas. Lo de “nuevas” es un decir, podríamos más bien definirlas como precarias, cutres imitaciones de una UCI corriente, hechas con retales, con respiradores antiguos de los viejos quirófanos, ninguna cama era igual a la otra. Y comenzamos a reconstruir y redefinir el hospital. Siempre un paso por detrás del virus. Rozando siempre el colapso. En resumidas cuentas, hemos visto complicaciones tan diversas y graves como pacientes hemos tenido. Complicaciones a veces tan inesperadas que incluso nuestros compañeros más experimentados relataban no haber visto desde hacía muchos años, o nunca antes.

ESTHER SOLARES

Abogada / Voluntaria en ensayos clínicos

“Me impactó el distanciamiento social, que el virus nos haya quitado la cercanía y el contacto físico y que nos haya obligado a reprimir nuestras emociones y gestos de afecto para sustituirlos por videollamadas, pantallas y distancias de seguridad”.

Mi confinamiento empezó unos días antes del estado de alarma, ya que estuve en contacto estrecho con una persona con síntomas y, siguiendo las indicaciones de Salud, tuve que aislarme. Pasé el período de aislamiento (sin síntomas) y seguí confinada como el resto de la población. Así fue como todo mi alrededor se paró de golpe: mi rutina, mis relaciones sociales, mi trabajo, etc., y es una sensación extraña y surrealista en un mundo occidental en el que creíamos que éramos inmunes a muchas situaciones de emergencia. Creo que lo peor es lo evidente y perceptible a ojos de todos: el drama de las muertes causadas por el virus. Una muerte en soledad y sin despedidas. Lo mejor ha sido que hayamos podido parar un momento, en un mundo ajetreado y distraído por la rutina y las prisas, para mirar a nuestro alrededor y aportar nuestros recursos y habilidades para frenar la curva de la pandemia. De golpe, había ciudadanos haciendo mascarillas, donando dinero o recursos materiales y ofreciendo su tiempo. Creo que aportar tus recursos, conocimiento o habilidades para ayudar a otros es extraordinario. Mi colaboración en la lucha contra la covid-19 ha sido como voluntaria en proyectos de Open Arms. En concreto, he estado colaborando con dos de los proyectos en los que la ONG participa: el ensayo clínico sobre la covid-19 dirigido por el Dr. Oriol Mitjà y coordinado por la Fundación contra el Sida y las Enfermedades Infecciosas, y la realización de test masivos coordinado por el Instituto Catalán de Salud.

VANESA VICENS ZYGMUNT

Neumóloga del Hospital Universitario de Bellvitge

“Tengo un hijo de 5 años al que tenía que demostrarle fortaleza y valentía cuando por dentro estaba hecha un flan, hasta que un día me dijo: "Mamá, es que yo no quiero que te mueras ..." y ahí entendí que no lo estaba haciendo bien y me convertí en la "cazavirus" de la casa, poniendo todo el humor que podía y con la mejor sonrisa.”

Durante la pandemia he pasado por varias fases con sentimientos muy diversos. Inicialmente, me sentí engañada respecto a la agresividad del virus: evidentemente, no era una gripe. Me sentí totalmente desprotegida porque faltaban EPI. Hubo mucha tensión por los continuos cambios de protocolos de actuación y tratamiento, dormíamos muy poco intentando mantenernos al día. Después, una vez pasado el pico de la epidemia en Cataluña, me sentí más fuerte y capaz de seguir el ritmo infernal de trabajo que llevábamos y pude tomar conciencia de lo unidos que estábamos todos los equipos del hospital, todos trabajando en la misma dirección. Finalmente, en la actualidad, lo que ves son ojos cansados, cuerpos delgados y desgastados, sonrisas de complicidad detrás de las mascarillas. A nivel social, por un lado he notado la mala gestión de la situación desde el principio, sumada a que el desconocimiento evidente del virus ha conducido a sobreinterpretar y a sensacionalizar datos, lo que ha motivado pánico, desconfianza y mareo entre los ciudadanos, que no tienen en quién confiar. Por otro lado, la unión respetuosa y altruista de toda la sociedad con el confinamiento ha sido ejemplar y de agradecer. Actualmente, sin embargo, da la sensación de que una vez pasado el cierre más duro aflora de nuevo el egoísmo individualista de unos cuantos, como en el caso del uso de la mascarilla.

BIEL FREIXINET

Técnico en Emergencia sanitaria

“Poco a poco conseguimos ayudarnos entre nosotros, hablar los unos con los otros, sobre todo con mi compañero, con el que pudimos hablar mucho, apoyarnos, entendernos, empatizar y mejorar en este sentido. Pero sí que es verdad que a nivel general había mucho nerviosismo y crispación, fue duro”.

Mi papel ha sido el de atender a los pacientes posiblemente infectados o contagiados por el coronavirus. Los íbamos a recoger a sus casas, o donde fuera que estuvieran, para determinar si eran posibles contagios o no. Personalmente esta situación ha sido – o mejor dicho, es– complicada: mucho cansancio a nivel mental y también muchos momentos de frustración, de no saber o no poder explicar a los pacientes algo más sobre la situación, sobre como podría evolucionar, porque tampoco nosotros lo sabíamos todavía. Yo creo que lo peor ha sido ver las miradas de algunos pacientes, pero sobre todo de los familiares. Cuando les teníamos que explicar que teníamos que llevar al paciente al hospital y que eso entrañaba un riesgo elevado de infección o de empeoramiento se repetían esas miradas de inseguridad y de miedo, y eso va a ser difícil de olvidar. Era tanto el desconocimiento inicial que con mi pareja decidimos dormir separados, por lo menos la primera semana y media del confinamiento, ya que en casa tenemos también a una niña y esto nos preocupaba. Más adelante decidimos que haríamos vida más o menos normal y cambiamos esa dinámica. Eso me ayudó a volver otra vez a mi lugar, a volverme a concentrar, a tomarme las cosas de otra manera sin perder la seguridad y, bueno, al menos no me sentía tan solo.

JOANA SERRA

Iluminadora de espectáculos escénicos / Voluntaria en ensayos clínicos

“Al pararlo todo hay millones de personas que dejamos de cobrar, de tener unos ingresos mínimos. Millones de personas que de golpe no tienen nada, y siento que no ha habido una reacción rápida, aún siendo difícil. Bueno, mucha desigualdad social a saco”.

Hemos pasado por diferentes etapas: al principio fue como muy de sorpresa, un poco surrealista. De golpe se te para todo aquello en lo que estabas trabajando desde hace años: proyectos artísticos, en teatros, oportunidades bastante bonitas. Al principio, el hecho de no tener que hacer nada me generaba esa calma de poder levantarme a la hora que quería, y bueno, también tuve la suerte de conseguir la ayuda para los autónomos, mínima, mínima, pero que me dio cierta tranquilidad durante el primer mes. También he tenido suerte en el hecho de que nadie de mi entorno ha tenido problemas muy graves. Algunos infectados, pero nada que haya supuesto un impacto muy fuerte. Después, llegó un momento en el que pensé: “Bueno, aquí hay que hacer algo, no podemos estar sin hacer nada”, y fue así como acabé colaborando con Open Arms y decidí, junto con mi pareja, ponerme en primera línea para ayudar en lo que hiciera falta. Fue un poco inconsciente, tal vez, pero en el momento en el que te encuentras allí te das cuenta de que es una comunidad muy bonita y bien organizada, dispuesta a cambiar y a adaptarse siempre que haga falta. Fuimos a hacer un estudio clínico para una posible vacuna y a hacer pruebas masivas de covid, siempre en residencias de gente mayor. Te encuentras allí y de golpe se te pasa un poco todo, estás haciendo esto, y ya está.

LAMINE SARR

Trabajador del Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona

“El sindicato popular ha activado un banco de alimentos porque era la única manera de salvarnos de esta crisis. Muchísimas personas nos han apoyado y han colaborado, y esto nos ha permitido ayudar a 400 familias, que son más de 1000 personas”.

Ha sido una situación muy difícil porque, como sabemos, los migrantes indocumentados tienen trabajos muy precarios, sin contrato, se buscan la vida día a día vendiendo en la calle. Por eso, cuando llegó el confinamiento y no se podía salir fue muy tenso: no había ahorros, no podíamos cobrar el paro y nos hemos visto excluidos de todas las medidas de emergencia social que ha puesto en marcha el gobierno, porque no nos consideran ciudadanos. Aun así, nosotros hemos querido compartir nuestra experiencia, profesionalidad y oficio para aportar nuestro granito de arena durante esta pandemia, que está afectando a casi todo el mundo. Hemos vaciado nuestro taller de serigrafía (Top Manta) para montar un taller de costura, y las personas que estaban vendiendo en la calle –a quienes estaban rompiendo los brazos, encarcelando o multando– son las mismas que ahora han tenido la voluntad de hacer frente a esta crisis y de pasarse todo el día, desde la mañana hasta la noche, cosiendo batas para médicos y mascarillas para residencias y personas vulnerables. Y no solo ellos están colaborando, también hay migrantes que están trabajando el campo, o en los hospitales, así que todos los que pensaban que los migrantes estamos aquí solo para molestar han podido ver que ocupamos una parte muy importante en la economía del país.

DRA. SALUD SANTOS

Jefa del Servicio de Neumología del Hospital Universitario de Bellvitge

“Ahora te queda un sentimiento de duelo psicológico por todo lo que has vivido, por los pacientes que no han podido superar esta situación, por el cansancio acumulado a nivel mental y físico. Creo que esta situación no la podíamos imaginar”.

La pandemia nos ha tocado de lleno a todos los profesionales, pero los neumólogos lo hemos vivido en primera persona porque hemos visto un tipo de enfermo bastante crítico. Al principio de todo esto el sentimiento era de temor a lo desconocido, a veces miedo, porque no sabías hasta qué punto te podías contagiar tú directamente, ni cómo esto podía repercutir en tu entorno familiar. Después sentimos un poco de impotencia, porque el confinamiento llegó muy tarde y la gente seguía haciendo vida normal al margen de lo que ocurría en los hospitales, y esto era muy frustrante. Hemos vivido lo peor como profesionales y ha sido duro ver tantos pacientes que venían tan graves y no saber qué tratamiento ofrecerles para que pudieran mejorar. En muchos casos hemos tenido que aprender poco a poco y, a pesar de todo, muchos enfermos han fallecido. Además, está el sentimiento de soledad tanto de los pacientes como de sus familiares. Por un lado, la soledad del paciente que está enfermo y no puede estar con sus allegados, y por el otro, la del familiar que está en casa sabiendo que hay un ser querido en estado grave en el hospital al que no puede acompañar. Pero también hemos vivido lo mejor como profesionales y esto es con lo que nos quedamos: el espíritu de superación que toda la gente ha tenido para afrontar este reto tan duro y tan difícil, la generosidad, el compañerismo y la humildad con la que todos se han enfrentado a la pandemia, y sobre todo el trabajo en equipo, el hecho de que todo el mundo ha dado la mejor versión de sí mismo para buscar un objetivo común.

MARC COLL

Bombero del Ayuntamiento de Barcelona

“Al final, la lección que debemos de aprender es que no somos nada en comparación con la inmensidad del planeta que nos acoge, no tenemos control sobre esto”.

Nuestra principal tarea como bomberos ha sido la de no enfermar para poder seguir asegurando el servicio en caso de necesidad. Teniendo esto bajo control – trabajando tres meses con un grupo reducido de compañeros, sin tener contactos con otros grupos –, pudimos sacar provecho de nuestro potencial humano y logístico y de nuestra experiencia en gestión de emergencias para montar hospitales de campaña, diseñar y coordinar las ampliaciones de los hospitales de nivel 1 de la ciudad, trasladar pacientes a los hoteles-hospital y, sobre todo, realizar la desinfección profunda de cientos de residencias solo en la ciudad de Barcelona. Obviamente, el confinamiento supuso un cambio también en mi vida personal, pero traté de aprovecharlo lo más que pude haciendo lo que no solía tener tiempo para hacer. Tuve también sentimientos negativos: a pesar de que en mi trabajo solemos ver muchas desgracias no me gusta ver a la gente sufriendo, sea por razones de salud o económicas, y lo peor, seguramente, ha sido ver tanta cantidad de personas afectadas y ser testigo de la capacidad del virus de aumentar las diferencias sociales y la precariedad, sobre todo la de aquellas personas que vivían al día. Entre los aspectos positivos hubo la reacción de la naturaleza y la solidaridad que se produjo entre la gente a pequeña escala. Los aplausos de las 20 h., por el contrario, me han parecido muy estériles e hipócritas.

MARIA VICTORIA

Técnica de electro medicina en el Hospital Vall D’Hebron

“En el hospital, todo el mundo iba como loco buscando de dónde sacar respiradores, camas y todo lo necesario para abrir una UCI. La necesidad de materiales supuso un gran problema. Que te venga una supervisora y te diga: “No puedo abrir estas cinco camas porque me falta tal, tal y tal...” significa que hay cinco personas a las que no puedes dar asistencia”.

No fui realmente consciente de lo que implicaba el virus hasta el día que me tuve que poner el primer EPI. Me llamaron, estresados, desde el servicio de reanimación —que habían convertido en una nueva UCI—  porque había dos habitaciones con monitores que no funcionaban, y claro, tener a dos pacientes sin esto es un problema. Yo ya había visto desde fuera cuál era el fallo y se lo intenté explicar a la supervisora, a ver si lo podía hacer alguien de dentro, pero era una situación de estrés máxima: todo el mundo corría y gritaba: “¡No me toques!”,”¡Pásame esto!”... Veías a una enfermera que se acababa de quitar el EPI con la cara roja y sudando; a otra que salía gritando: “¿Qué haces? ¡No me toques!” y apartándose; otra, mientras limpiaba el suelo, decía: “¡No pises ahí, que acaba de pasar!”. De pronto, me vi con la supervisora, las dos muy estresadas, yo a punto de entrar y ella diciéndome: “¿Qué haces con ropa normal? Cámbiate ahora mismo, ponte ropa desechable.”. Corriendo, me ayudó a ponerme el EPI y una vez lo tuve puesto me dijo: “Bueno, ahora viene lo más difícil: te lo tendrás que quitar, pero yo no te puedo ayudar porque vas a estar contaminada. Tendrás que hacerlo tú sola, y bien”. Entré para hacer lo que me tocaba, salí y todos se apartaron para que yo pudiera pasar sin contaminar nada. Después vino una auxiliar para explicarme como quitarme el EPI. Ella estaba nerviosa y yo aún más si cabe. Al final lo hice, no es tan difícil, pero al salir de ahí estaba en shock y nada más llegar en casa me quité la ropa y los zapatos, lo lavé todo con alcohol y me duché de arriba a abajo. Es una paranoia enorme. Al final todos los sanitarios hemos vivido lo mismo, unos más, otros menos, pero lo hemos vivido todos.