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La caída del reino del pez

Primera de las crónicas realizadas por Ale Cukar que acompañan el reportaje de ORILLEROS. Argentina  2012.

por - Ale Cukar

La caída del reino del pez

Esa noche -la noche en que Humberto Roco vio la canoa fantasma- había luna: no hacía falta linterna ni farol. Era otoño y ya era tarde. Él salió a pescar igual. Se abrigó, preparó la red, se subió al bote y empezó a remar. Se metió en medio del agua y del Paraná, tiró un lance, y nada. Volvió a tirar una, dos, diez veces, y nada. Se sentó en la barca vacía, casi a la deriva, prendió un cigarrillo y la vio: la aparición.

- En la canoa iban dos personas; el que remaba medio que escondía la cara, el otro me saludó.

Humberto no la vio ni la oyó llegar: no hubo una luz, un ruido, un chapoteo de remos. Súbita, como un fantasma.

- Uno me preguntó cómo andaba el pique y le respondí que mal. Me dijo: “No te preocupes, ya va a mejorar. Lo tuyo se va a arreglar”.

- ¿Y se arregló, Humberto?

- No. Pero tengo fe.

Humberto Roco ya estaba hundido: su mujer y su casa ya eran de otro, y tres de sus trece hijos habían muerto -dos, en sus brazos. Y la pesca, lo que había hecho media vida, era tan poca.

Eso fue hace dos años. Humberto sigue viviendo en un rancho, sin mujer y sin redes. La barca se desvaneció y fue para siempre. Él todavía tiene fe. Él todavía cree en la palabra de esos dos fantasmas.

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- Vamos hasta el kiosco, que voy a comprar mi desayuno, o sea, cigarrillos.

Humberto vuelve con su atado de Imparciales, prende el primero y se mete en el rancho, a calentar agua para el mate. Toma Aguantadora, una yerba mala pero, claro, aguantadora. Humberto tiene 64 años y nadie diría que parece menos. La ropa es vieja y le queda grande. El pelo –gris y blanco- hace una melena abultada, los ojos son claros y llorosos, los dientes son demasiado pocos.

El mayor de los hermanos Roco llegó a Los Arenales -este barrio de pescadores en las afueras de la ciudad de Paraná-, hace más de tres décadas. Era julio de 1976, había perdido su trabajo de vigilante en Río Cuarto (Córdoba) y buscaba, junto a su segunda mujer, dónde vivir, trabajar y criar a su hijo de cuatro meses. La idea era Brasil; hizo escala en Paraná. Empezó a pescar porque tenía alguna idea de cómo hacerlo y los bolsillos flacos. Nunca siguieron viaje.

Con la pesca, Humberto crió a sus trece hijos. Tuvo once con su segunda esposa -esa con la que llegó- pero ya casi no los ve, porque ella se volvió a Río Cuarto y se llevó a toda la prole. Tuvo dos hijos más con la tercera, pero esa se fue con otro y ahora no lo deja ver a los chicos, aunque vivan en el barrio. La primera mujer de Humberto, la que fue el amor de su vida, murió de una sobredosis en Córdoba cuando eran poco más que adolescentes. Ahora está otra vez enamorado, de Andrea, una moza de veintipico.

Humberto es de los que mueren y resucitan de amor. En el brazo izquierdo tiene un tatuaje desteñido de una silueta femenina sin cabeza ni pies ni manos. En el celular, la foto de Andrea. Su pasión por las mujeres es infinita.

Aunque con eso, con las
 mujeres, le va casi tan mal
como con la pesca. Últimamente, Humberto sale poco 
y nada a tirar la red. El río que alimentó a su familia ya no da lo que daba. En las canoas que llegan a la orilla del barrio se ve la desazón: nada de pescados enormes que se asomen por la borda, nada de caras felices. Por eso, y porque hace un par de meses le robaron la red y los espineles (y la bicicleta), Humberto usa la canoa más como medio de transporte que otra cosa. Y casi no pesca porque –la verdad- el cuerpo tampoco le da para más.

- ¿Viste? Camino recto como tronco ‘e parra.

La espalda se le partió en dos con una caída desde una escalera y desde entonces anda con bastón, tratando de sostener un cuerpo doblado en ángulo recto. La hernia inguinal sólo tira para abajo. Pero cuando se sube a la canoa y empieza a remar (porque ni motor tiene su barca), el cuerpo se le acomoda, los músculos se le marcan, se hace más joven: todavía tiene la fuerza necesaria como para ir a contracorriente y tirar la malla llena de plomos, a ver si pica algo para echar a la parrilla.

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La canoa, “Chiche Franco”, está amarrada en una lengua de río que los pescadores aprovechan como estacionamiento de botes. El rancho de Humberto está justo en esa orilla, casi tocando el agua, el agua entrándole cada vez que hay creciente. Él ya no vive en la casa de material que consiguió construirse hace años (en una de las tantas calles de tierra con nombre de pez que cruzan el barrio: Patí esquina Surubí, o Boga, o Armado, o Moncholo), pero está cerquita, a un par de cuadras. Ahí viven su ex, sus dos hijos más chicos, y el tipo que se quedó con todo lo que era de él.

El rancho está donde los pescadores se reúnen para trabajar, donde termina la calle y empieza el río. A la vera del rancho, a la orilla del Paraná, se juntan todos los días unos diez o quince hombres. Comparten una “cancha”, un pedazo de río de 100 por 500 metros que limpiaron entre todos: le sacaron los troncos hundidos y los hierros clavados al fondo para poder tirar las redes sin que se enganchen y se rompan.

Hoy hay noche y frío. No son más de las 6 de la tarde y van llegando. Los primeros prenden el fuego y se acomodan en unas sillas que ya no resisten más reciclajes. Los perros le ladran a todo. Empieza el trabajo, otra vez.

El sistema de cancha tiene ritmo lento y, por eso, agotador. Se sale de a una canoa por turno, así que siempre hay que esperar. Cada tanto, alguno se levanta, pone la barca apuntando al agua, revisa la red –de unos 60 o 70 metros de largo por 2,40 de ancho-, la limpia y después le acomoda los plomos, prolijos, para que cuando la vaya largando por la borda no se enrede. Van a pasar muchas horas repitiendo lo mismo. Llevan toda una vida repitiendo lo mismo.

- ¿No se preparan algo para cenar?

- No, pan y mate. Si cocinamos, no salimos.

En realidad, si cocinan, toman vino, y ya saben lo que pasa en el río con el vino.

Humberto los mira de reojo. A todos los tiene calados; sabe quién es quién, sabe en cuál confiar. A ninguno de ellos le mostró nunca sus poemas: ni el que le escribió a su madre ni los que hablan del río ni los que les escribe a las mujeres con las que sueña. Son muchos poemas, guardados en cuadernos o en cajas de telgopor o en alguna estantería, con su firma, Nada Nadie, la fecha y la hora. Algunos –el de su Tata, sobre todo-, lo hacen llorar cada vez que los relee.

- Trato de esconder todo eso, de no mostrarlo mucho, porque considero que es uno de mis puntos débiles, una de mis aquezas, que puede provocar risa, burla. Una broma, una gastada, se puede llegar a soportar, pero cuando la burla llega hasta extremos, molesta.

Humberto habla así, rebuscado. Elige las palabras, las dice con ese orgullo del que las aprendió en la calle, del que nunca terminó la primaria, del que sabe que con eso se diferencia, se hace un poco más poeta. A Humberto le gustan tres palabras, por sobre todas las demás, y las usa para definirse: sarcástico, irónico, cínico. Tres palabras.

Los demás siguen trabajando: les importan poco las lágrimas del viejo. Ahora está por salir el más joven, Pedro: no tiene más de 18 años y un hijo en camino. Faena la red sobre el taco de la canoa. Rema, como seguro aprendió de chico, y llega a la mitad de la cancha. En ese punto que solo él conoce, tira una boya, una medida de cordel acorde con la profundidad del río, y caen los primeros corchos y plomos. Vuelve hacia la costa y la red va saliendo sola, se asienta en el fondo del río y va haciendo una pared con la correntada: el pez que viene contra la corriente y da la medida de la red, se queda. El resto, pasa. Esta vez, Pedro vuelve con media docena de manduvíes. Habrá que volver a salir.

Ramón no forma parte del grupo que se amontona al lado del fuego. Ramón sale cuando quiere porque su canoa tiene motor y se puede ir río arriba a pescar, a controlar sus espineles. Un espinel es como una caña que se ha reproducido: una tanza larga de la que se atan un montón de sedales, cada uno con un anzuelo al final. Hoy va con el compañero de siempre a buscar carnada. Cuando vuelvan, van a recorrer los espineles que tiene instalados con un par de boyas, le pondrán la carnada a cada anzuelo (uno por uno, y tiene 150: tarea enorme), volverán a la costa, y saldrán otra vez, a ver si picó algo, o a cambiar las carnadas.

Humberto está ahí –siempre está ahí- y le preguntan:

- Roco, ¿un pedazo de esta piola, tenés?


- ¿Cómo cuánto?


- Como 18 boyitas

- ¿De esta de polietileno? Fijate si te alcanza eso –Humberto saca un pedazo de soga vieja-. ¿No han tentado con la malla hoy?

- Tal vez tire hoy. Voy a ver si no me voy pa’ los alambres del Chelo esta noche.

Humberto es lo más parecido a un viejo sabio, por viejo y por sabio. Va siempre con su perra, Foca, la que siempre come, aunque él no tenga qué comer. Dentro de un par de semanas, la va a encontrar muerta afuera del rancho, golpeada en la cabeza. La va a enterrar llorando.

Todavía no sabe lo que va a pasar, así que se queda en la orilla, armando la malla para que salga su nuevo socio, un hombre más joven y con la columna más recta. El otro pone el trabajo, y Humberto la canoa y la red que le presta su hermano Raúl, que vive ahí nomás.

- Extraño pescar. Es un aliciente que te quita el cansancio, te quita todo. Cuando sacás peces, podés trabajar 40 horas y dormir de a ratos hecho un ovillo al lado del fuego, o tirado en el plan de la canoa, hasta que vienen y te dicen “hey, te toca el lance”.

- ¿Si pudiera, saldría?

- No sé, hoy es un trabajo inútil, porque no sale nada. Así te cansa, te duele hasta la lengua, te duelen hasta las ideas.

En los años setenta, un surubí podía llegar a pesar 140 kilos. Ahora, en ningún rincón del Paraná (y es un río que atraviesa Brasil, Paraguay y Argentina, 2.570 kilómetros) se oye a los pescadores hablar de surubíes. Ahora les dicen “cachorros”: así de chiquitos son los que se sacan. Humberto explica que también desaparecieron los pacúes, “lo más exquisito de pez de río para la parrilla”. Los grandes dorados, de 15 o 20 kilos, ya no deben ni existir.

Él lo ha visto en sus redes. Norberto Oldani, especialista en ecología de peces del río Paraná, investigador del Conicet en Santa Fe, aporta los números: “Según nuestros modelos estadísticos, un pescador que en el ’77 sacaba 61 pescados por día, en el 2002 sacaba 21, aunque en la realidad sacan mucho menos, porque no cuentan con todas las artes de pesca que consideramos en el estudio. La conclusión es que sacan tres veces menos que antes”.

El río da tres veces menos que antes.

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El paisaje de visera, ropa vieja y botas de goma de Los Arenales se rompe seguido. Pasa cada vez que vienen los acopiadores. A las 8 de la mañana llega el primero. Se baja del camión con sus jeans planchados, su suéter escote en V amarillo patito, su camisa a cuadros y sus zapatos lustrados. Viene a recoger la pesca de la noche anterior y seguro que un rato antes lo llamó algún pescador para avisarle que hoy sí, que hoy va a tener para vender. El acopiador hace un gran negocio.

- El acopiador te paga poco. Gana como vos, pero él no tuvo que pasar despierto toda la noche, no anduvo remando ni cinchando espineles. Simplemente vino y puso la camioneta, y ni siquiera se toma el trabajo de carnear el pescado y acarrearlo para subirlo a su camioneta. Ni siquiera lo cuelga de la balanza.

Humberto está seguro de que esas balanzas, además, ya vienen amañadas: cuando pesan 10 kilos, deberían ser 12.

El acopiador está incómodo: debe ser porque tiene los zapatos lustrados metidos en el barro, o porque sabe que nadie lo mira con confianza. Se acerca al fuego, todavía vivo, donde los pescadores siguen haciendo cola para pescar. Él tiene el poder: decide qué compra, a quién, por cuánto; ellos apenas tienen los pescados. Hay risas nerviosas; se conocen desde hace tiempo, se saben las mañas, las tretas, las pequeñas estafas.

El kilo de manduvé –pongamos por caso- se puede vender a 8 o 10 pesos a un particular, a cualquiera que lo compre directamente para llevárselo a su casa. Pero el acopiador no va a pagar más de 4 pesos el kilo.

- El acopiador te roba. Hay pescadores que tienen canoas viejas, de 10 o 12 años. Capaz que tardan un año para juntar el dinero para hacer otra canoa. Y estos seño- res vienen primero con una bicicleta o una motito, y al año ya tienen una camioneta cero kilómetro. Y a lo sumo la usan dos años, la venden y se compran algo más gran de. Y se hacen su señora casa, renuevan sus capitales, y nosotros seguimos viviendo así.

Así. La casa de Humberto es la única pegada al río. Vivir ahí es igual que vivir en un bote, sin el movimiento pero casi con el mismo riesgo de ahogarse. Desde adentro, se escucha el ruido de los remos, del agua pegando en la madera, de las carretillas que van y vienen con pescado. Molestan los motores de las barcazas que pasan a lo lejos transportando soja, las charlas de los que esperan su turno para la cancha. Se siente la humedad muy adentro, penetrando. Se respira el humo de las fogatas. Pero a Humberto le gusta, es su arrullo personal. Si esta noche, cuando se acueste, no escucha esos ruidos, seguro se va a despertar sobresaltado, pensando que a alguno de los compañeros se lo tragó el río.

La cama donde duerme es chiquita, de colchón hundido y mantas viejas. El rancho es clásico: chapa acanalada de pared, chapa acanalada de techo y suelo de bolsas de arena. Pero adentro... adentro es un prodigio de orden.

- Pasá, pasá, a ver si me podés dar algún consejo de decoración para ordenar mejor.

Humberto se ríe porque sabe que es imposible. En un espacio de tres por dos ya caben la cama y la cocina (con su garrafa de gas), las ollas, la comida, la ropa, las botas, artes de pesca, los cuadernos, los cigarrillos, su vida, todo en unos estantes viejos y bien acomodado en cajas de cartón o telgopor. Aquí casi todo ya fue alguna vez basura. Afuera hay una ducha: una lata grande colgada a un poste, donde tira el agua que calienta en la hornalla. El baño es incierto.

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Los peces empezaron a escasear feo hace una década y siguen a la baja. La cosa fluctúa, varía, y hay épocas mejores que otras (este año, por caso, mejoró porque llegó El Niño y trajo crecidas y peces), pero la tendencia tiene mala pinta, y una golondrina, se sabe, no hace verano. ¿Qué le pasó a la pesca en el Paraná, el séptimo río más importante del mundo, la segunda cuenca de Sudamérica después del Amazonas? Muchas cosas: algunas están más documentadas –tienen más consenso- que otras, pero todas aportan lo suyo.

En un recuento no pueden
 faltar las dos estrellas de las
 transformaciones que sufrió el río: la construcción
 de represas hidroeléctricas
 (sobre todo, Yacyretá, entre Corrientes y Misiones) y el
 boom de frigoríficos exportadores instalados en el sur 
de Entre Ríos y Santa Fe desde los noventa. Hay más, por
 supuesto: el uso de las islas 
para ganadería intensiva, el
 puente que une Rosario y
 Victoria; la privatización de 
las costas; la hidrovía (fundamental para la exportación de soja); o los contaminantes de siempre: las plantas de celulosa, las petroquímicas, los cordones industriales.

El problema empieza aguas arriba, en el límite entre Corrientes y Misiones, donde está Yacyretá: la última –por ahora- de las represas hidroeléctricas que jalonan toda la cuenca, desde Brasil. Dice Oldani que los peces más importantes del Paraná migraban, cuando podían, hasta mil kilómetros hacia el norte sólo para desovar. Antes iban hasta Itaipú (entre Brasil y Paraguay) y ahí se reproducían. Vino la represa, les cerró el paso y perdieron 170 km: como tenían dos mil, no pasó nada. Pero vino Yacyretá y se quedaron sin otros 500 kilómetros. En definitiva, los peces perdieron el 45% de la mejor área de reproducción. Era un área de aguas profundas, con muchos estímulos, caudalosa.

Irreparable –dice Oldani.

En Yacyretá pusieron a funcionar un sistema de ascensores para peces. Una idea genial, si funcionara bien: subiría a los peces y los pasaría al otro lado de la represa, para que pudieran seguir yendo hacia el norte, hacia donde ponen sus huevos. En Yacyretá dicen que funciona estupendamente; Oldani, que trabajó como asesor para ellos, dice que no.

- Nunca les pude hacer entender que a los peces los tenés que pasar con agua hacia arriba: los tipos les sacan el agua en los ascensores, los suben sin agua. Y la mitad de los peces que suben, vuelven por la turbina, y es peor, porque son como licuadoras de pescado.

Así que en el Alto Paraná tenemos una licuadora de pescado y una barrera de hormigón.

Y a pesar de eso, sigue habiendo pesca, porque hay peces y hay pescadores. Y ninguno, por ahora, está en peligro de extinción.

- ¿Por qué se considera que el sector pesquero está en crisis, entonces?

- Porque hay cada vez menos peces. Porque entre 1976 y 2003 hubo una reducción de la talla media de 15 cm, sumando todas las especies. Porque nos estamos que dando sin reproductores de surubí, y dorado hay cada vez menos. Por eso estamos en crisis. Porque hace cuatro años sacaron 45 mil toneladas y ahora sacaron 17, y el año que viene van a sacar menos.

Norberto Oldani está hablando del estado actual de las especies, y de las toneladas que extraen los frigoríficos exportadores, los malos más malos de la película. Sacan sobre todo sábalo, la especie emblemática. Sí, es cierto que no es un pescado que en Argentina se coma mucho, pero es el que más se exporta después de la merluza (sobre todo a Colombia, y también a Brasil, Paraguay, Bolivia, Nigeria), y es la base de la cadena alimentaria de casi todos los demás peces de río. O sea, que si los sábalos del Paraná siguen bajando la talla, todos van a seguir su camino.

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Hoy Humberto se levantó temprano. Los chanchos del terreno de al lado gritan desde hace rato y los caballos siguen comiéndole los tirantes del rancho, como si fueran ricos. Hoy no toca pesca, hoy toca trabajar con los turistas. Desamarra a “Chiche Franco”, carga provisiones (agua caliente, yerba, azúcar) y acomoda su cofre de imprescindibles: una caja de telgo por con el tabaco, el encendedor, un espejo, un peine, su libreta, una birome. Sale y llega al muelle nuevo, donde está Baqueanos del Río, esa ong/cooperativa/tabla de salvación que se inventaron unos pescadores cuando vieron que lo de la pesca estaba complicado.

En el muelle esperan dos familias para cruzar al islote que está justo enfrente, el Curupí. Están tentados con ver un poco más de verde, un poco más de pájaros, un poco menos de cemento. Son turistas. Un grupo cruza en una embarcación plana, con sombra, que los baqueanos todavía están pagando. Los demás se suben a una lancha que comanda Humberto. Él arranca con los chistes cordobeses: guasos, risa fácil.

En el islote, el trabajo es pan comido. Hay que saber hablar, y Humberto sabe, igual que el otro guía. Llevan a chicos y grandes por un sendero de arena y puentes, les cuentan qué pasó con el río, qué pasó con los pescadores.

El grupo parece concientizado: pisan todo como si caminaran sobre huevos, tienen cara de solidarizarse.

- ¿Es más rentable trabajar con el turismo que salir a pescar?

- Todavía el turismo no es para nosotros una alternativa, no nos da para decir tenemos un trabajo permanente, ni vamos a mantener a nuestras familias. Tenemos que alternar una cosa con la otra.

Eso: la alternancia. Hoy no hubo pesca. Igual, es hora de comer. Los Baqueanos prenden el fuego y ponen la parrilla. De menú, choripán.